Es difícil. Muy difícil. Es un quiero y no puedo, la
impaciencia comiéndote y no ser capaz de hacer nada para evitarlo, para
acelerar el tiempo, para que llegue el día en el que, por fin, sea libre y
pueda hacer, o no hacer, lo que me apetezca.
En el país de los sueños quedas atrapado y sin libertad de
movimiento. No te das cuenta en el momento, al llegar. Porque cuando consigues
atravesar las fronteras y aterrizar en el país de las promesas lo único en lo
que piensas es en el futuro brillante que te espera a ti o a los tuyos. Da
igual cómo hayas llegado, si lo has hecho de forma legal, con tu nuevo puesto
de trabajo esperándote, tu familia o tu plaza de estudiante en la universidad.
O quizás lo has hecho atravesando países a pie, en coche o escondido en los
bajos de un camión, pasando la frontera de forma encubierta, formando parte así
de la lista de indeseables indocumentados por la sociedad rechazados. Da igual.
La sensación de que, a partir de ese momento, el momento en el que has entrado,
todo va a ir bien; te invade la esperanza.

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